Domingo 14 del Tiempo Ordinario
Ciclo “A” Mateo 11, 25-30
Julio 6, 2008
“¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos
y las has revelado a la gente sencilla!”
En el primer ser en el que realizas esta promesa es en la madre de tu Hijo. ¿Quién tan sencilla como ella?
¿A quién te le has revelado con mayor plenitud que a ella? Sólo en ella se realizaron las más altas promesas de la
Historia de la Salvación. “Porque ha mirado mi nada; por eso, el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre
es santo”.
María es el ejemplo más claro y más maravilloso. Y es un ejemplo cercano a nuestra condición. Se cumple en ella
aquel otro pasaje de la Escritura: “es el orgullo de nuestra raza”.
Por derivación de la gracia en María, nos han venido todas las gracias a nosotros. Hemos estado en la “mente”
y en el “corazón” de Dios desde toda la eternidad. Cuando tú hablas en el Génesis, oh Padre, sin duda estábamos
presentes y, cuando, “llegada la Plenitud de los Tiempos, enviaste a tu Hijo nacido de Mujer, nacido bajo la Ley”,
sabías que, un día, irrumpiríamos también nosotros en la historia de la humanidad de la que tu Hijo habría de estar
enamorado, al grado de entregarse a la muerte, y muerte de cruz por nosotros.
Domingo 15 del Tiempo Ordinario
Ciclo “A” Mateo 13, 1-23
Julio 13, 2008
“¿Por qué les hablas en parábolas?”
Y tus parábolas, Señor, tenían clara relación, haciendo comparación con lo cotidiano de la vida de tu tiempo: vid,
sarmientos, trigo, pescado, mostaza, etc., etc., Creo que, si tu paso por la tierra hubiera sido en nuestro tiempo,
habrías escogido como comparación aspectos computacionales, enfermedades, ya no de la lepra, sino el sida,
el cáncer, el lupus o algo por el estilo. Eres el ser más actual.
Oigo tu Palabra, a veces hasta la escucho y la acepto, pero cae en mi intelecto rebuscado, en mis malos sentimientos,
mis juicios temerarios, mis “criterios” indiscutibles y, aprovechando esas confusiones, llega el Diablo y se lleva la
semilla consigo, dejando a cambio una serie de cuestionamientos inútiles que no me conducen a nada.
Oigo tu Palabra; muchas veces, me parece interesante, pero no logra ablandar mi corazón de piedra que no permite
que la semilla germine y eche raíces, porque la dureza que atribula mi vida hace que me resulte la Palabra insoportable,
haciendo que se frustren mis deseos de grandeza.
Oigo tu Palabra, pero, como soy de los que han engrosado las filas de los PREOCUPONES y antes del momento de la
siembra ya están pensando si irá a llover lo suficiente en mi campo, si no habrá ciclones, granizadas, heladas
anticipadas que acaben con todo. Vivo PREOCUPADO por todo y eso hace que mi afán de seguridad sofoque la
semilla antes de reventar y convertirse en plantas, que más tarde, con la debida vigilancia, darán fruto abundante.
A pesar de todo lo anterior, todavía existen hombres y mujeres con el corazón como campo dispuesto, que, sin
pretender ser superiores, van cultivando la semilla – talentos – que tú les has dado y, con paciencia, dejan que esa
semilla germine. Cada mañana, se despiertan con la ilusión de ver si ya brotó, la van dejando crecer, sin violentarla,
claman a ti, pidiendo la lluvia que empape la tierra, sabiendo que tú das el crecimiento y ven, con sano asombro, cómo
van surgiendo los tallos, la flor y cómo se van sazonando los frutos que más tarde arrancarán con el debido cuidado,
para que se convierta en sano alimento para ellos y
Domingo 16 del Tiempo Ordinario
Ciclo “A” Mateo 13, 24-43
Julio 20, 2008
El Reino de los cielos se parece…
A la semilla que se siembra y que fructifica en sabiduría, que me enseña a discernir entre el espíritu del bien,
el espíritu egoísta y el espíritu del mal. El espíritu del bien me lleva a saborear el decidirme, aunque cueste, a cosechar
sabrosos frutos de bondad.
El Reino de los cielos se parece…
A la semilla que fructifica en una inteligencia recta, que se va identificando con la luz que trae la fe, a veces dolorosa,
pero transparente, que nos ayuda a elegir de entre lo bueno, lo mejor, lo que es acorde con la voluntad divina y que,
continuamente, nos trae la paz de Dios.
El Reino de los cielos se parece…
A la semilla que se siembra en tierra buena y nos impulsa a dejarnos ayudar por los descubrimientos que el ser
humano desentraña cada día del campo de la naturaleza, para reconocer con más gratitud los tesoros que ese campo
encierra en favor de las criaturas y trae como fruto la alegre sorpresa de lo que es el hombre y todo lo bueno; pero,
también, lo malo que puede realizar, sabiendo que su creador comunica su ciencia a los hombres de todos los tiempos
y en todos los lugares. Y ASÍ PODRÍAMOS CONTINUAR…
Domingo 17 del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Ciclo “A” Mateo 13 ,44-52
Julio 27, 2008
“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo”.
En alguna otra parte del Evangelio, dices tú, Señor, “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”…
Primero es preciso saber que, en alguna parte del campo de la vida, existe ese tesoro. Con la convicción de que
ese tesoro es real, nos lanzamos a buscarlo afanosamente, sabiendo que allí se encuentra nuestra felicidad.
Cuando nos concedes la gracia de encontrarlo; es decir, de encontrarte a ti, es bueno dejarlo reposar y, sin
precipitaciones, valorarlo, quererlo, agradecerlo y tomar conciencia del inmenso amor del que gratuitamente nos
regala ese tesoro, para luego compartirlo y así multiplicar los dividendos que ese tesoro nos proporciona.
“El Reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas”.
En las diversas transacciones que he hecho, con las perlas que me has regalado en el caminar de la vida, he
encontrado una que vale más que todas y por la cual he vendido todo para comprarla. Soy consciente de la perla
de la inteligencia, la voluntad, la memoria y muchas más, pero, cuando he encontrado la perla del amor, todas las
demás son incluidas como secundarias y la que dirige el uso adecuado de ellas es el amor que me hace más semejante
a ti, mi Creador.
“El Reino de los cielos se parece a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces”.
En nuestro diario caminar, es preciso instruirnos, para saber distinguir muy bien la diferencia que hay entre la pesca
que hacemos de los diversos acontecimientos que vivimos y es sólo el Espíritu Santo quien nos ayuda a hacer una
buena distinción, tomar lo bueno y dejar lo malo.
También a mí me haces la pregunta que hiciste a tus discípulos: “¿Has entendido todo esto?”.
Y, con firmeza, te contesto que sí. Pero, en lo ordinario de mi vida, me doy cuenta que sí he entendido y que,
voluntariamente, siento el impulso a actuar con la fuerza de tu Evangelio. Recurriendo al archivo de la memoria,
me convenzo que sé lo que la experiencia, lo que la historia me presenta como bueno y como malo, pero no es sino
hasta que, como los grandes y las grandes de la historia y de nuestro tiempo, que sé que es el Amor, el tesoro que
me impulsa a vivir, sacando continuamente del arcón de las cosas antiguas y nuevas la mejor forma de compartir
con mis hermanos lo que TÚ ERES: Amor.